Sus fotografías son literalmente (y nunca mejor dicho) un lenguaje imaginado de letras, de palabras, de textos. Imaginado porque a la gasolina de la imaginación le añade la bujía de las imágenes y el carburador de la poesía. Pues no otra cosa que poemas visuales son en gran medida estas fotos. Poemas escritos con luz; escrituras de luz; fotografías.

Si al -por todos conocido- proverbio oriental: “Una imagen vale más que mil palabras” le añadiéramos ahora su espejo: “Una palabra vale más que mil imágenes”, nos quedaría algo más que un palíndromo textual, tal vez un empate técnico. ¿Y qué tal si decimos, algo así?: Una imagen-palabra vale tanto como una palabra-imagen… Afirma Rod Slemmons, “las palabras entran en nuestros cerebros a lomos de las imágenes. Las imágenes entran en el cerebro a lomos de las palabras […] La coreografía de imagen / palabra / palabra / imagen no es fácil de componer. Pero cuanto más difícil es, más posibilidades hay de cualificar o clarificar el mundo más amplio que es su fuente. Cerebros y lomos, lomos y cerebros, este es, debe ser, el camino.

Cuando Javier Ayuso, citando a Blas de Otero, ese ángel fieramente humano, ese redoble de conciencia poética, dice: “Me queda la palabra”, lo que realmente quiere decir es que le queda la palabra para explicar-alumbrar la imagen, porque la suya es una obra de espejos (¿no es acaso toda fotografía un espejo?) en la que no se sabe bien dónde está la frontera del azogue, si en la superficie del texto o en la piel de la plástica.

Y aunque al quedarle la palabra pareciese que la imagen no estuviera invitada a esta fiesta, la realidad (o la irrealidad, ya que hablamos de fotografías construidas, escenificadas, ficcionalizadas) es que lo visual juega un papel prácticamente igual de importante que lo textual. Me queda la palabra porque me queda –también- la imagen…

En todas y en cada una de ellas las palabras se filtran –y se infiltran- sin cesar en los territorios iconográficos: definen espacios, nominalizan ausencias, visualizan ideas y lemas, se convierten en cuerpos eléctricos, en huellas pigmentadas sobre el lienzo de la naturaleza o de la ciudad.

Francisco Carpio