Insertos como vivimos en la era de las imágenes, éstas se han convertido hoy día en nuestro único campo de referencia. La búsqueda de nuestra identidad y las relaciones con los seres humanos y el entorno social se desarrollan dentro de una iconosfera,bien definida ya en 1959 por el teórico francés Gilbert Cohen-Séat. La iconosfera, marco lingüístico que nace del cine y de sus formas derivadas -fotonovela, televisión-, sería un ecosistema cultural fundamentado en las interacciones entre los diferentes medios de comunicación y, a su vez, entre estos medios de comunicación y sus públicos receptores.

Jorge Fuembuena a través de la fotografía revisa en los iconos del la pintura que ha generado nuestra cultura visual occidental y propone una reflexión sobre los límites de la realidad y sus representaciones.
En su quehacer artístico encontramos la huella del apropiacionismo posmoderno, tendencia artística norteamericana de finales de los años setenta del pasado siglo.

A partir de la crítica de la representación, la concepción de las imágenes a partir de otras abría el arte contemporáneo a los medios de comunicación de masas. Si detrás de cada imagen siempre podía hallarse otra imagen, como bien apuntó el crítico Douglas Crimp, la imagen apropiada de la televisión, el cine, la fotografía o la Historia del Arte tenía que ser objeto de las manipulaciones necesarias para despojarla de los significados que tuvo en su origen para dotarle de sentidos diferentes. Los fragmentos extraídos de la representación de la realidad debían ser descifrados indagando en las estructuras internas de sus significados.

Así, valiéndose de imágenes de la Historia del Arte, Jorge Fuembuena trasciende el mero documento interviniéndolo, como metáfora de las manipulaciones físicas y morales a las que se ve sometido el individuo contemporáneo, desde los bombardeos de la ideología imperante hasta la dictadura de la imagen a través del instrumento de cambio que es la cirugía estética. De este modo, obtienen imágenes de las imágenes, simulacros de la representación de lo real, para suscitar nuevas reflexiones a partir de nuevos conceptos.
Más interesados en el proceso que en el hecho concreto, ofrece un recorrido por la violencia que oculta la doble moral. Jorge Fuembuena toma obras clásicas de la Historia del Arte y las interviene sutilmente. Retratos de representación de los siglos XVII y XVIII son fotografiados y manipulados digitalmente. Esas poses y ademanes han quedado codificados en nuestro saber cultural durante siglos y, aunque no conozcamos la historia concreta del/de la representado/a ni a su autor, reconocemos de inmediato su estatus, su posición respecto a su familia, la sociedad, su entorno político y cultural. Pero tras las apariencias, la realidad de estos personajes “anónimos” se torna misteriosa, incluso dramática. La luz del éxito nubla la razón de un hombre notable. Un ojo azul y otro verde denotan una doble mirada, una doble actitud ante su mundo. Una pintora a la que le ha desaparecido la boca, silenciada por una sociedad patriarcal en su doble condición de mujer y pintora. Una dama de alta cuna que luce un dedo menos. Un adolescente que, por su ojera morada, parece no vivir en un ambiente muy saludable, física y mentalmente hablando. Una joven mujer, de egregio porte, luce el camafeo con el retrato de su esposo; sonriente y apacible, como corresponde a toda buena esposa, oculta una realidad de soledad, opresión y violencia constantes que no puede disimular una lágrima de sangre que aflora en su artificioso semblante. Éstas serían, quizá, algunas de las interpretaciones posibles de las obras de Jorge Fuembuena, pero no las únicas. La cultura visual que nos rodea, los recientes acontecimientos y las experiencias personales hacen su parte y completan significados.
Como defendió Walter Benjamin en La obra de arte en la época de la reproducibilidad técnica (Benjamin, 1973), el “aura” de la obra de arte proviene de su carácter irreproducible. Pero la llegada de los nuevos medios y con ellos de la reproducción masiva de la obra en libros, postales e incluso en el tan rentable merchandising, acaban con la originalidad, la unicidad de la obra de arte y, con ello, con su “aura”. La reproducción técnica daría la autonomía a la obra de arte. Es así como la reproducción ocupa hoy el lugar de la realidad. Jorge Fuembuena parte de imágenes que son reproducciones de lo real, como ejemplo de lo que sucede en nuestros días, cuando son los signos, los modelos, los que crean la realidad en la que vivimos en un momento en que los simulacros de la realidad, tales como la realidad virtual, se han convertido en algo más real a nuestra percepción que la propia realidad. “El territorio ya no precede al mapa ni le sobrevive. En adelante será el mapa el que preceda al territorio -PRECESIÓN DE LOS SIMULACROS- y el que los engendre” (Baudrillard, 1998).
Es entonces cuando llegamos a la muerte del autor formulada por Roland Barthes en 1967. Pasamos del mito del creador al del artista manipulador de imágenes, como en el caso que nos ocupa. Ahora son los lectores, o los espectadores, los que aportan sus propios sentidos a las obras, más allá de la intención de su autor.
BENJAMIN, Walter (1973), La obra de arte en la época de la reproducibilidad técnica, Madrid: Ed. Taurus.
BAUDRILLARD, Jean (1998), Cultura y simulacro, Barcelona: Kairós, pp. 9-10.
Paula GONZALO LES

Miembro de AACA