«Apariencias»

CATHERINE ARMAND

Este trabajo reflexiona sobre el ritmo de vida acelerado en el que no se tiene tiempo para nada. El ritmo del tiempo de la sociedad de hoy en día parece haberse acelerado. Todo va muy deprisa y todo se hace con premura. Esta aceleración está en cierta forma ligada a las nuevas tecnologías, a la globalización y a la presión que el ser humano ejerce sobre sí mismo o su prójimo para rentabilizar y exprimir cada segundo que pasa. Sin embargo, los días del año siguen siendo los mismos, al igual que las horas del día; no han aumentado.

La paradoja al lento movimiento del mundo radica en esta tendencia compulsiva ajena o personal en consumir a toda prisa, realizar varias cosas a la vez, no parar, trabajar más para superar a los demás, conducir a toda velocidad para no llegar tarde, seguir varios programas en la televisión a la vez o consultar permanentemente internet con el propósito de no perderse nada. Resulta cada vez más difícil permanecer quieto, pues se incentiva la demanda por tener estímulos emocionales constantes. Se crea un semblante de adicción a la necesidad de realizar cualquier tarea de forma aún más rápida, como si fuera una superación en la que no cabe la lentitud ni palabras como esperar, detenerse u observar.

Desde que suena el despertador por la mañana, no sólo para indicar que ya es hora de levantarse, se inicia una carrera trepidante que lucha contra el tiempo, un contrarreloj presente a lo largo de todo el día cuya presión se irá desvaneciendo al acostarse. Una rueda que gira de forma infernal e inicia la inevitable cuenta atrás del ritmo frenético de un nuevo día que acaba de empezar, en apariencia, como si fuera un día normal como otro cualquiera.